Propósitos. Nuestra vida (la suya también, no disimule) está llena de propósitos incumplidos. Esas buenas intenciones que sonaban muy bien como plan en nuestro cerebro pero que, por uno u otro motivo, nunca llegaron a plasmarse en la realidad.

¿Se ha preguntado alguna vez por qué la cantidad de propósitos incumplidos supera ampliamente a la de aquellos que llegaron a realizarse?

¿No le gustaría tener claros los errores más frecuentes que determinan que un propósito acabe en el baúl de los recuerdos en vez de hacerse realidad?

Aquí le cuento 7.

Los 7 errores más frecuentes que cometemos al hacernos nuestros propósitos

Error 1: Que nuestros propósitos sean irrealizables

Estará usted pensando: «¡Vaya idiotez! Si son irrealizables nadie intentaría llevar a cabo esos propósitos«.

Pues sorpréndase, pero lo que le dice la lógica, que es completamente cierto, no es lo que pasa en la realidad.

La mayoría de los propósitos que nos hacemos están condenados al fracaso desde antes de nacer porque, simplemente, son irrealizables.

Cuando nuestra mente se pone en «modo-propósito» (si algo así existe) está bañada de optimismo, de ganas, de energía. Y eso se refleja en la ambición del propósito creado.

¡A que cuando está usted con hambre canina y llega a un restaurante pide usted mucho más de lo que acaba pudiendo comer!

Y al revés. ¡A que cuando llega usted a un restaurante y está empachado o tiene mal el estómago, pide una comida muy ligera!

Pues del mismo modo el cerebro eufórico en modo «pariendo-planes» tiende a la megalomanía.

Si estamos excitados con que vamos a perder peso, nos proponemos perder… ¡30 kilos en ocho semanas!

Si somos presa de la euforia «voy-a-cambiar» y queremos ponernos en forma, tras comprar el chandal-fashion de la Kardashian (cualquiera de ellas, para mí son indistinguibles) o el chandal-atleta de Cristiano Ronaldo, nos empeñaremos en correr una maratón ese mismo año, aunque no hayamos corrido en nuestra vida.

Esos propósitos son irrealizables.

Cuando nuestra euforia coyuntural del momento se diluya como un azucarillo, nos daremos cuenta de ello.

Al darnos cuenta pueden pasar dos cosas:

  • Mandamos el propósito a hacer puñetas, que es lo que pasa la mayoría de las veces.
  • O el propósito nos manda a nosotros a hacer puñetas, como esos infartos de enero típicos de varones entrados en kilos (y en años) envueltos en seis capas de ropa «para sudar» que, al ir corriendo por la playa o por el parque, revientan del esfuerzo.

De una forma o de otra, habremos añadido otra muesca a nuestro revólver de propósitos no disparados. O disparados pero que han errado el blanco. Otra muesca más.

Pero hay más errores. Siga leyendo, que vamos a meterle mano al segundo…

Error 2: Que nuestros propósitos tarden mucho tiempo en alcanzarse

Nuestra mejor característica personal no suele ser la paciencia. Y tampoco suele verse acompañada de la constancia. Es una pena, pero es así.

Teniendo en cuenta esto, cuando nos proponemos una meta muy lejana, en el tiempo o en el esfuerzo, estamos labrando nuestra propia ruina. El propósito nacerá muerto.

Veamos un ejemplo típico: el de perder el peso que nos sobra.

Imagine que tiene usted que perder 15 kilos. Pesa usted 90 kilos y ha de pesar 75.

Cada vez que se suba en la báscula tendrá sudores fríos de la cantidad de kilos que le quedan para esa cifra mágica de los 75 kilos.

En cuanto vea el número que pone la báscula, usted no se regocijará con el peso perdido, no. Pensará en los kilos que aún le quedan para llegar a esa meta que se ha fijado. Muchos kilos.

Por eso terminará cansándose de perseguir algo tan lejano, y volverá a atracar la nevera.

Necesitamos tener más cerca el destino, el final de nuestro propósito. Las largas distancias no nos van.

Aún así, solemos cometer este error de los propósitos lejanos y, para terminar de complicar la cosa, también solemos caer en el siguiente error, que tiene mucha relación con el que estamos comentando.

Vamos a ver cuál es…

Error 3: Que nuestros propósitos no tengan unos pasos intermedios definidos

Acabamos de ver que nuestros propósitos suelen ser lejanos. Y esto no tendría por qué ser un error, si supiéramos manejarlo.

Pero no sabemos.

Porque esos propósitos lejanos podrían tener pasos intermedios más cercanos, que nos dividirían el esfuerzo en trozos más asumibles.

Pero no definimos esos pasos intermedios. Somos del «todo o nada». Error. Porque…

Paso a paso se llega lejos.

Obviedad que usted ya conoce. Pero no suele tenerla en mente cuando está persiguiendo su propósito. Sólo le importa el final, sólo define usted el estado final, y no pierde ni un minuto en fijar los pasos intermedios.

En el ejemplo anterior: ¿quién quiere bajar 15 kilos de peso concentrándose en ir bajando de 3 en 3? ¡Ni el Tato! ¿Para qué pensar de tres en tres, si los kilos que quiero perder son quince?

Ese es el error que la mayoría cometemos. Y por eso los propósitos sin pasos intermedios definidos también acaban en la papelera.

Pero parece que somos unos inútiles y que nunca conseguiremos lo que nos proponemos. Esto, en vez de una entrada de coaching personal, parece un cántico a la inutilidad.

En absoluto. Más adelante le daré las soluciones a estos errores comunes que causan el fracaso en lograr nuestros propósitos.

Pero por ahora sigamos describiendo estos errores. Nos quedan otros 4

Error 4: Que dependamos de los demás para conseguir nuestros propósitos

Si ya tenemos posibilidades enormes de fracasar en nuestra consecución de un propósito cuando lo abordamos en solitario, ¿para qué aumentamos esta probabilidad de fracaso involucrando a los demás en nuestros propósitos?

Ojo. No estoy diciendo que los demás sean unos inútiles incumplidores. Ese es el recurso del vago que proyecta su vagancia en los demás, para disculpar la propia. No se trata de esto.

La causa más frecuente de fracaso en proyectos y propósitos en los que necesitamos a los demás somos nosotros mismos. ¡Porque utilizamos a los demás como coartada!

Si tenemos alguien cerca al que echar la culpa, en momentos de debilidad vamos a ponernos hipercríticos con los demás, y vamos a echarles la culpa de que no podamos conseguir nuestra meta.

Es más fácil apuntar con el dedo a otros que volverlo hacia nosotros mismos.

Por eso los propósitos en los que podemos echarle la culpa a alguien de lo difícil y costoso de su realización tienen en sí mismos el germen de su propia destrucción.

Pero hay más errores que nos impiden cumplir esas metas y lograr esos propósitos. ¡Vamos con otro!…

Error 5: Que nuestros propósitos sean coyunturales, fruto de modas del momento

Es algo obvio. Las modas del momento solo duran… ¡ese momento!

Si el tiempo necesario para conseguir nuestro propósito es más largo que el momento en el que dicho propósito está de moda, en cuanto pase de moda se nos deshinchará el empuje y abandonaremos la meta. Fracasaremos.

Somos muy gregarios. Nos gusta ir con la manada.

El problema es que la manada es guiada siempre hacia cosas distintas, siempre en movimiento hacia algo.

Por eso en cuanto salimos de ese movimiento de masas, en cuanto no somos manada, nos descubrimos en la soledad del que trata de cumplir un propósito ¡que a nadie más importa! Garantía de que no llegaremos a cumplirlo.

Es una pena, pero suele ser así.

Veamos otro error a la hora de conseguir nuestros propósitos. Este depende única y exclusivamente de nosotros.

Le cuento…

Error 6: Que nuestros propósitos nos obliguen a salir de nuestra comodidad

¿Ha oído hablar de eso de la «zona de confort«?

Imagine un disco de los antiguos, de esos de vinilo (eran negros y grandes, con la superficie rayada, para aquellos que no los han vivido).

La aguja del tocadiscos sólo podía ir por el único surco que tenía cada una de las caras del disco. Ese surco era el camino excavado en su superficie. Transitando por él la aguja producía música que se amplificaba para hacerla audible.

Nuestro cerebro se construye a base de surcos, de rutinas. Son circuitos neuronales que nos permiten hacer tareas repetitivas con el mínimo esfuerzo.

Las novedades, las cosas que no hemos hecho nunca, nos fuerzan a crear nuevas conexiones neuronales, nuevos «surcos mentales» y eso cuesta esfuerzo.

Por eso los propósitos que necesitan que desarrollemos esas nuevas rutinas, que creemos esos nuevos surcos mentales, al costarnos un mayor esfuerzo es más fácil que sean abandonados y nunca lleguen a cumplirse.

¿Vagancia?

No lo diría así.

Más bien, comodidad. Gusto por lo que ya sabemos hacer.

La ley del mínimo esfuerzo.

Y llegamos al último error que hace fracasar nuestros propósitos como el sol derrite la nieve.

Déjeme que se lo cuente…

Error 7: Que nuestros propósitos nos hayan sido sugeridos por otros

Mencionamos a los demás un poco más arriba cuando hablábamos de la dependencia de su concurso para que nosotros lográsemos nuestro propósito. Y eso era fuente de fracaso.

Pues hay otra fuente muy frecuente de fracaso: que la idea del propósito no sea nuestra. Que nos la hayan sugerido (o a veces impuesto).

El convencimiento propio es la primera característica que necesitamos para ser constantes y esforzarnos. Y ese convencimiento proviene de nuestra reflexión, de nuestras decisiones en base a lo que pensamos.

Cuando alguien decide por nosotros, cuando el propósito que tenemos por delante no ha surgido de nosotros, sino que ha sido pensado por otra persona, tiene muchas más probabilidades de no llegar nunca a cumplirse.

Al principio estaremos de acuerdo con la otra persona y haremos su propósito como nuestro. Es la fase de mieles.

Pero en cuanto el trayecto sea largo o demande mucho esfuerzo por nuestra parte, el hecho de que la idea haya sido de otro es un trampolín para decidirnos a dejar de perseguir ese propósito. La fase de hieles habrá comenzado

Nos diremos a nosotros mismos: «¡Encima la idea no ha sido mía! ¡Ya sabía yo que no llevaría a nada!«.

Con eso estaremos abriendo la puerta a la disculpa para el abandono del propósito.

Otra disculpa más, como si con las seis anteriores no hubiera sido suficiente.

Repasemos estos 7 errores más frecuentes que cometemos a la hora de hacer nuestros propósitos:

¿Qué le ha parecido?

Seguro que está pensando: «¡Vaya crónica del fracaso! ¡Vaya desánimo que me está entrando! Entonces, ¿son siempre inútiles los esfuerzos para cumplir los propósitos? ¿No hay remedio a estos 7 errores que estamos comentando?«.

Pues sí que hay remedio. Tantos como 7. Vamos a verlos.

Las 7 soluciones a esos 7 errores que cometemos al hacer propósitos

Solución 1: Hacernos propósitos realizables

La primera manera de contrarrestar nuestra tendencia a incumplir nuestros propios propósitos es conseguir que estos sean, desde su inicio, perfectamente realizables.

Seguro que alguien se habrá propuesto alguna vez llegar a la luna. Pero salvo que sea astronauta profesional, será un propósito inalcanzable.

Y los propósitos inalcanzables siempre son una pérdida de tiempo.

Ha de hacerse propósitos que usted pueda cumplir. Para eso ha de analizar sus propios propósitos desapasionadamente, en frío.

Primero, apunte en un papel todos los propósitos que se le ocurran.

Una vez escritos, los propósitos ya parecen más reales. La mente siempre distorsiona un poco.

A continuación analice los propósitos de uno en uno, tachando los que se da cuenta que no va a poder cumplir.

Se quedará con una lista realizable, alcanzable (al menos en teoría, luego la práctica dirá). Evita así ser pasto de la emoción del nuevo plan.

Pero aunque sean potencialmente realizables hemos visto que si tardamos mucho en conseguir nuestros propósitos tendemos a abandonarlos.

¡Veamos qué podemos hacer al respecto!…

Solución 2: Proponernos cosas que podamos cumplir en poco tiempo

Obviamente, esta solución es muy sencilla: propóngase planes que puede alcanzar en un corto espacio de tiempo.

Usted se estará preguntando: «¿Y cómo lo hago?«.

En su lista de propósitos alcanzables que ha elaborado para la solución 1 catalogue los distintos planes según sean alcanzables a corto plazo (días o pocas semanas) o a largo plazo (semanas o meses).

Ya sabe por dónde ha de empezar, por los que puede conseguir a corto plazo.

Muy bonito.

Pero la realidad es mucho más rica.

Hay propósitos perfectamente alcanzables que es imposible acortar, que llevan su tiempo, nos guste o no. Que siempre serán planes a largo plazo

¿Qué hacemos con ellos?

¿Le suena la frase «divide y vencerás«? Se aplica a enemigos poderosos que nos superan en número y por lo tanto en fuerza y poder.

La única forma de vencerlos es sembrando la discordia entre ellos para que se peleen entre sí y pierdan fuerza para litigar contra nosotros.

Vamos a aplicarle la misma máxima a los propósitos a largo plazo. Dividirlos y conseguirlos.

Le pongo un ejemplo muy típico en esta época en que a todo el mundo le da por correr: se plantea usted entrenarse para correr una maratón.

Si diseña una estrategia hasta poder correr los más de 42 kilómetros de la maratón probablemente gastará varios papeles con los planes de entrenamiento hasta estar en disposición de correrla con éxito.

Pero no cometerá ese error.

«Divide y vencerás».

¿No le parece mejor trazarse un plan de 4-5 semanas para entrenarse a correr con garantías 3 kilómetros?

Y cuando ya lo haya conseguido, ¿no será mejor volver a elaborar el plan de otras 6-7 semanas para cumplir el nuevo propósito parcial de correr 10 kilómetros?

Ya ve por dónde voy. En cada momento su mente estará centrada en el propósito parcial.

De uno en otro propósitos parciales acabará consiguiendo el propósito global: el de correr la maratón. Pero sus probabilidades de éxito y de llegar al final habrán aumentado mucho.

La siguiente solución a otro error común a la hora de incumplir nuestros propósitos tiene mucho que ver con lo que le acabo de comentar. De hecho, es la misma filosofía.

Siga conmigo…

Solución 3: Definir bien los pasos intermedios y auditarlos

Le pongo un ejemplo para aplicar esta solución: aprender un idioma nuevo.

A todo el mundo le gustaría aprender un idioma nuevo en una semana. Pero eso es imposible. Se necesitan meses e incluso años. Es un propósito a largo plazo.

¿Por qué no lo dividimos en propósitos más pequeños, definiendo los pasos intermedios que nos harán conseguir el propósito global?

Por ejemplo, nuestro primer paso intermedio podría ser adiestrarnos en la comprensión de ese idioma viendo películas en versión original, a ser posible con subtítulos.

Paralelamente empezaríamos a estudiar la gramática en cursos progresivos de semanas-meses.

Cuando la oreja y la gramática estuvieran engrasadas, nos plantearíamos hacer un viaje al país donde se hable ese idioma. Sería al cuarto o quinto mes de estudio, cuando ya supiésemos algo y nos pudiésemos defender al llegar allí.

El propósito siempre sería el mismo: aprender el nuevo idioma. Pero al tener unos pasos intermedios bien definidos siempre tendríamos claro en qué parte del proceso estaríamos.

Una variación del «divide y vencerás«.

Pero hay más soluciones. No deje de leer, no se las vaya a perder…

Solución 4: Que los propósitos sólo dependan de nosotros para su realización.

Esta solución no es un canto al individualismo.

En absoluto. Va de otro concepto.

Se trata de no tener al prójimo como potencial culpable de nuestro fracaso.

Usemos un nuevo ejemplo: dejar de fumar. Si vivimos solos no pasa nada. Pero ¿y si vivimos con otras personas?

Es muy típico el caso de «yo quería dejar de fumar, pero mi pareja sigue fumando y así es imposible«.

Es cierto que el tabaquismo de una persona que conviva con nosotros no ayuda para nada a dejar el hábito de fumar.

Pero se puede dejar de fumar aunque nuestra pareja sea una auténtica chimenea. Sólo requerirá de nosotros un poco más de esfuerzo y de inteligencia.

Inteligencia porque hay que diseñar unas normas de convivencia para que nuestro propósito de dejar el tabaco no se vea entorpecido por nuestros convivientes, y que a la vez nosotros no les limitemos su derecho absoluto e inalienable a destrozar su salud con el cigarrillo.

Cada uno puede hacer lo que quiera con su vida.

Si, por ejemplo, fijamos unas zonas de la casa «libres de humo» y acordamos no dejar el tabaco a la vista, probablemente no tendremos tanta dificultad para abandonar el tabaco como si estuviéramos viendo la cajetilla en todos los sitios y nuestros convivientes nos echaran el humo en la cara.

De acuerdo que nuestro propósito es individual. Y pondremos en él todo nuestro esfuerzo. Por eso hemos de evitar posibles fuentes de fracaso.

Para eso los demás no han de ayudarnos, pero lo que sí que no han de hacer es ponérnoslo más difícil.

Hasta ahora estamos en soluciones formales.

Profundicemos un poco. Vayamos a la esencia del propósito.

Lo que nos proponemos ¿es algo importante o es una tontería puntual que se nos ha ocurrido a bote pronto?

Déjeme que le cuente algo…

Solución 5: Hacernos propósitos de carácter, no de apariencia

Esta dicotomía del carácter y la apariencia la utilizo mucho en mi labor de coaching. Refleja la diferencia entre lo fundamental y lo accesorio, entre lo real y lo ficticio, entre lo radical y lo pasajero.

Le cuento.

Un propósito de apariencia es, por ejemplo, esa chorrada esférica de que, mirándonos al espejo todos los días y diciéndonos «¡Hoy vas a ser feliz!» con una sonrisa de oreja a oreja, nuestra vida va a ser mucho mejor.

¡Y un huevo de pato!

Si la única diferencia de su día es esa miradita al espejo y esa frase hecha, el día transcurrirá igual de apestoso de lo que lo iba a hacer sin esos 10 segundos perdidos en el espejo.

Porque los propósitos de apariencia son simples pérdidas de tiempo.

El único propósito que puede conducirle a resultados es el de carácter.

En el caso de que su propósito sea aumentar la felicidad en su vida la única manera es detectar cuáles son las causas de infelicidad y tratar de evitarlas, y concentrarse en potenciar las cosas que le hacen feliz, en la medida en que pueda usted intervenir sobre ellas.

Carácter… ¡sí! Apariencia… ¡para nada!

No deje que le tomen el pelo con chorradas de gurú de supermercado. Perderá el tiempo. Y el dinero.

Nosotros no queremos perder el tiempo, así que progresemos a la sexta solución…

Solución 6: Que nuestros propósitos nos fuercen a hacer cosas distintas a las que solemos hacer, pero que sean la suma de cosas que ya hacemos

Si lo recuerda, en el sexto error decíamos que nuestra mente funciona a base de circuitos neuronales que son como los surcos de un disco de vinilo.

Salir del surco nos provoca siempre incomodidad. Y la incomodidad es la antesala del abandono del propósito. Inexorablemente, es así.

¿Quiere esto decir que no hay que salir de ese surco mental nunca? ¡En absoluto!

Pero la salida ha de ser controlada, para que no acabe siendo perjudicial.

Nadie pasa del negro al blanco en un minuto. Pero sí se puede ir transitando la escala de grises.

Por ejemplo: se propone usted empezar a pasar más tiempo con sus hijos, a los que, por estar enfrascado en su trabajo, no ve casi nunca.

Eso es algo que le saca de su surco mental. No puede pasar de un día para otro a aspirar al premio de padre del año. Ha de hacerlo de forma gradual para que sea un cambio mantenido en el tiempo.

Empezará por aprovechar más los momentos que ya compartía con sus hijos: por ejemplo, las comidas comunes. En vez de estar pensando en sus cosas, ausente de la conversación, intégrese. Comente con ellos sus cosas.

Ya salió un poco de su surco, pero de forma controlada.

Progrese.

El siguiente paso ha de ser generar tiempo adicional de calidad con sus hijos. Hacer cosas con ellos que no hacía, por ejemplo, ir con ellos al cine de vez en cuando, o proponerles alguna excursión familiar de fin de semana.

Poco a poco. Labrando un nuevo surco en su cerebro. Dejando que las conexiones neuronales asienten.

Las prisas no son buenas consejeras.

Así va usted innovando sin rupturas. Y al no haber rupturas, al ser un proceso gradual, las probabilidades de fracaso se minimizan. De eso se trata: de aumentar las probabilidades de triunfar.

Y llegamos al final, a la séptima solución.

Siga un poco más conmigo…

Solución 7: Que nuestros propósitos los juzguemos nosotros como realmente necesarios

Nada hay que garantice más el abandono de un propósito que el hecho de que no haya nacido de nosotros mismos.

Si el ideólogo y el ejecutor de un propósito son dos personas distintas el fracaso tiene muchas más probabilidades de ser el resultado final.

Si ya nos puenteamos a nosotros mismos posponiendo las cosas hasta que finalmente las dejamos sin hacer («procrastinar» se llama ahora en jerga de coaching), ¡cuánto más lo haremos si el propósito no se nos ha ocurrido a nosotros!

¿Quiere esto decir que hemos de ser impermeables a las sugerencias ajenas? ¡En absoluto!

Dejar de escuchar a los demás nos limitaría tanto que perderíamos las mejores oportunidades de mejorar.

No fomento el «ermitañismo». Para nada. Pero hemos de convertir un «suyo» en un «mío«. Déjeme que le explique.

Las sugerencias ajenas, los propósitos que nos indican los demás, hemos de convertirlos en nuestros. Si no lo hacemos así, si no nos apropiamos de dichos propósitos, nunca llegaremos a cumplirlos.

Habremos de reflexionar si esas sugerencias son adecuadas y acertadas a nuestra vida y nuestras necesidades. Con honestidad intelectual. Agradeciendo la sugerencia ajena.

Una vez juzgadas como adecuadas, esas sugerencias se terminan de amoldar a nuestra idiosincrasia, convirtiéndose en «nuestros» propósitos.

En ese momento ya serán «nuestros» y por ello los llevaremos a cabo con mayor probabilidad, porque los sentimos como propios.

Ya ve que aunque seamos pasto de los 7 errores más frecuentes que se cometen al hacerse propósitos, tenemos en nuestra mano solucionar dichos errores.

Repasemos las 7 soluciones a los errores más frecuentes que cometemos al hacer propósitos:

7 soluciones a los errores más frecuentes al hacernos propósitos

Para terminar: hágase propósitos, sí, pero con cabeza. Y cuando vengan las dificultades, aguante. El que resiste gana. Si ha cumplido los remedios que propone esta entrada seguro que llega al final con lo que se ha propuesto. ¡A por ello!


Hacer coaching con el Doctor Daniel González


Doctor Daniel González

Médico - Coach - Blogger - YouTuber - Divulgador - Escritor Soy un oncólogo que, como faceta adicional a mis perfiles de médico consultor y de coach, me he empeñado en divulgar contenidos de salud de una forma entendible, útil y práctica para que por medio del conocimiento actualizado y riguroso todos seamos capaces de convertirnos en los mejores cuidadores de nuestra propia salud.

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